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Enervados y con el sudor en la
frente y espalda retornaron a casa.
Martina se encargaba de cocinar para
su mamá y sus hermanos. Gonzalo, al
regreso de la primaria, les daba de
comer a los pollos y a los dos
cerditos que tenían. Sentados en la
mesa, comiendo huevo revuelto con
chorizo, acompañados con frijoles
recién hechos de la olla, agua de
limón y tortillas hechas a mano.
Martina se paraba a cada momento
para ir a traer las tortillas que
terminaban de hacerse en el comal.
En el ir y venir de Martina, —Mamá,
voy a irme a trabajar a la ciudad de
México— inesperadamente aseveró
Samuel a su mamá. Martina con las
tortillas en la mano se sentó y, al
igual que todos, se quedó en
silencio, como si un ruido enorme
los hubiera mantenido así. —Pero
¿qué vas a hacer allá tan lejos, sin
nadie? ¿A dónde vas a vivir?— con
los ojos inundándose por las
lágrimas Doña Antonia le preguntó a
su hijo.
—Sólo faltan dos días para que
cumpla los 18 años, podré trabajar
allá y mandar dinero para que
salgamos de ésta pobreza. No quiero
que nos la pasemos comiendo
frijoles, huevo, salsa y tortillas
para siempre. Ya está próxima la
navidad y ni árbol podemos tener—.
Con la voz quebrándosele, el hijo
mayor participaba de su decisión.
La mamá no podía creerlo, sentía que
al irse el hombre de la casa (como
hace años el padre se fue, en busca
de un buen empleo y una mejor vida,
y nunca volvió) no regresaría jamás.
Pero con la fuerza que siempre
identificó a Doña Antonia le dijo
—que Dios te bendiga hijo mío. No sé
si volverás, pero siempre estarás en
nuestro corazón. Haz lo que mejor
creas conveniente y vuelve si no
tienes éxito, aquí te estaremos
esperando—.
El 23 de diciembre, a las seis de la
mañana, Samuel con sus maletas en
mano se dirigía a la sala donde sus
hermanos y su madre lo esperaban con
la tristeza enorme que los
embargaba.
—No se pongan así, volveré; les juro
que volveré. No sé cuándo pero me
tendrán de regreso. Rosa, ahora tú
eres la que llevará las riendas de
la casa después de mi mamá. Martina,
tendrás que poner más empeño para
ayudar en la casa. Gonzalito,
prométeme que seguirás estudiando y
que harás tu tarea como hasta ahora
y que te vas a portar bien con mamá
y con tus hermanas. . . Mamá, le
prometo que regresaré por ustedes y
nos iremos a vivir a una casa donde
no pasemos frío, hambre ni
padezcamos la temporada de lluvias—.
El autobús salía a las 7:10 de la
mañana de la estación del pueblo, en
Chiapas. Samuel, quien se
caracterizaba por su cabello rojizo
y pecas en las mejillas, se separaba
de la comunidad que lo vio nacer,
pero de la que también recibió
golpizas a causa de la pobreza
extrema en la que vivía. Hacia la
ciudad de México. Con una maleta
grande y una caja de cartón amarrada
con mecate, sentado en la parte
media del autobús, recargando su
cabeza en el cristal de la ventana,
veía como se separaba de su pueblo.
Llegó a la Terminal de la ciudad de
México, bajó del autobús y sin rumbo
fijo camino hasta llegar a un
restaurante que buscaban un lava
lozas y preguntó sobre el empleo. Lo
consiguió. Dormía en el
establecimiento, en un cuarto que
se encontraba junto a la cocina; fue
por un arreglo que sostuvo con los
dueños del lugar. Su sueldo era muy
poco, pero lo que podía lo ahorraba
hasta que un día se dio cuenta en el
periódico que buscaban a hombres
delgados, altos y atractivos sin
experiencia para una nueva cartera
de modelaje. Pidió permiso al
matrimonio, dueños del lugar, y fue.
Lo contrataron. Dentro del contrato
que firmara, Samuel se tenía que
comprometer a que durante un año
estaría dentro de la escuela para
capacitarse como modelo. Así surgió
su primer empleo. Lo conocieron y
surgió el segundo. Mandaba dinero a
su mamá; cada vez era más la
cantidad. Cada vez más era el éxito
de aquel pelirrojo con pecas en el
rostro que dejó su natal Chiapas.
Doña Antonia, por un lado estaba
tranquila de que su muchacho
estuviera bien y con trabajo; pero
por el otro, le preocupaba la forma
tan rápida de ganar dinero. Samuel
le decía, a través de sus cartas,
que era producto de su desempeño en
el restaurante, pero no era así. La
razón por la cual Samuel le escondía
a su madre la forma en que ganaba el
dinero era porque él vivía en un
departamento con otro chico, su
novio. Desde siempre se dio cuenta
que era homosexual (por eso es que
los hijos de Don Silvestre lo
molestaban), pero no quiso
mortificar a su madre diciéndole
algo que podría lastimarla, sobre
todo porque era el encargado de la
familia desde que su padre los
abandonó.
Pasaron así cinco años. El
departamento de Samuel cada vez se
hacía más lujoso, y así como pasaban
muebles pasaban hombres. Una tarde,
sentado en su sofá que se encontraba
en el cuarto de televisión, pasaron
un anuncio comercial sobre la
navidad y sabía que de nueva cuenta
estaría en un antro compartiendo
vino y besos a cuantos le gustaran.
Pero sabía que en verdad estaría
solo al volver a su cama. Necesitaba
sentir el abrazo de su familia y
recordó lo que le dijo aquella
tarde, a la hora de la comida, su
mamá — No sé si volverás, pero
siempre estarás en nuestro corazón—,
una lágrima recorrió su mejilla
hasta que cayó en su mano. Se paró,
se fue a su habitación y se metió a
las cobijas para dormir.
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Cada navidad era más dura, sabía que
estaba ganando dinero y que su
familia estaba viviendo mejor que
antes, pero no se sentía bien por la
vida que estaba cargando. Nunca
nadie le dijo que era un chico
guapo, y cuando comenzaron a
contratarlo, precisamente por
aquello que según él no tenía, vino
la promiscuidad. A pesar de tener a
hombres que se morían por él, nunca
pudo sentir amor por ninguno de
ellos, y eso era lo que lo hacía
sentir mal. Hasta que encontró a
Emmanuel, quien le recordó que tenía
una familia, que ellos estarían
felices comiendo frijoles y huevo,
pero juntos.
Sábado 24 de diciembre; siete años
después.
La familia de Samuel preparaba los
alimentos que ofrecerían a Dios
antes de llevárselos a la boca.
Martina de pronto oyó que la cerdita
que tenían estaba a punto de dar a
luz. Todos salieron a auxiliarla.
Eran casi las 10:10 de la noche. Dos
cerditos nacieron; buscaban a su
mamá, quien estaba cansada del
proceso de parto. Felices todos por
la llegada de dos animalitos más.
Doña Antonia dijo —vayámonos a
arrullar al niño que ya casi es hora
de cenar y se va a enfriar todo.
Entraron a la casa y se dirigieron
al árbol de navidad que les enviara
el hijo mayor desde la ciudad de
México; vaya sorpresa que se
llevaron, el niño Dios no estaba.
Comenzaron a buscarlo y nada. Las
manecillas del reloj amenazaban con
colocarse a las 11:50 de la noche. |
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—No puede ser, pero si lo dejamos
hace un momento aquí, ¿no lo
dejaríamos en el establo?— dijo
Rosa. —No, pues antes de irnos lo
dejamos en su pesebre— aseguró
Gonzalo, quien ya había cumplido los
13 años de edad. De pronto la luz se
fue, había que correr por las velas.
Las encendieron y decidieron irse a
sentar a la mesa, pues ya casi
darían las doce de la noche, momento
de orar, brindar y cenar. Llegó la
luz. A lo lejos, cerca de la sala se
oía una letanía. Y todos voltearon y
descubrieron que era Samuel. Salió
de atrás de uno de los sillones y
traía consigo al niño Dios. Todos
corrieron a abrazarlo.
Samuel era todo un hombre, guapo,
fornido y vestido con muy buena
ropa. Había dejado su automóvil
cerca de la casa. Traía regalos para
todos, un pavo ya preparado. Doña
Antonia sabia que lo que había
ocurrido con el alumbramiento de la
cerdita era un muy buen augurio
—sabía que regresarías; tarde o
temprano volverías—. El chico
pelirrojo tomó entre sus brazos a su
madre —y yo le dije que regresaría
por ustedes—. Las doce exactas
marcaban el reloj —¡Feliz navidad!;
otra vez juntos— gritó entusiasmado
Gonzalito.
Ya para el año nuevo, Samuel llevó a
Emmanuel, con quien toda la familia
se sentía a gusto. Realmente no
importaba lo que fuera su hijo, lo
importante es que era feliz y todos
así lo eran también.
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Felices fiestas para todos. Lo
importante es el alimento del alma,
ese que sólo puede darnos nuestras
familias, nuestros amigos. Regalemos
una hermosa sonrisa a todo aquel que
veamos, aunque no sea correspondida,
ese será un inmenso regalo para la
humanidad… siempre, les desea,
Israel Mendoza Torres.
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[‘EL REGRESO A CASA DEL PELIRROJO
SAMUEL’ © 2007 ISRAEL MENDOZA TORRES
/ TODOS LOS DERECHOS RESERVADOS / SE
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TOTAL, EN CUALQUIER MEDIO DE
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AUTOR]

IMPORTANTE: Copyright © 2011 Israel
Mendoza Torres. La columna ‘Cardinal’,
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‘Cardinal’, están resguardados bajo
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Prohibida su reproducción parcial o
total sin autorización por escrito de
su autor.
©
La vida no es más que el fruto de lo
que vamos construyendo. No hagamos lo
que no queremos que un día nos hagan a
nosotros; porque el tiempo es sabio y
pone todo en su lugar, tarde o
temprano. . . No hagamos sexo por el
simple hecho de hacerlo; porque las
enfermedades serán la peor
consecuencia… La mejor arma contra la
ignorancia es la lectura; aprendamos a
leer más para ampliar nuevos
horizontes en nuestra mente…

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